‘Antònia Font’. Sala Joy Eslava. Madrid

Por José Mª Troyano.

Pocas bandas hay en nuestra música con un universo tan personal y característico como los mallorquines Antònia Font. Pasemos por alto el tópico de “pop mediterráneo en catalán”: desde “Batiscafo Katiuscas” (2006) han alcanzado una dimensión que escapa a todas las clasificaciones. Su travesía hacia la introspección melancólica les alejó del eclecticismo festivo de sus primeros trabajos y les llevó, a posteriori, hacia un camino más puro y melódico, el de “Lamparetes” (2011), publicado hace unos meses, uno de los discos del año pasado y una obra capital de nuestro pop contemporáneo.

Que hace casi cuatro años les concedieran el Premio Nacional de Música de Catalunya no es un síntoma, sino el diagnóstico. Este habla a partes iguales de la grandeza del quinteto, representada en las letras y composiciones de Joan Miquel Oliver, y de su música fantástica, en los dos sentidos del término: por lo espléndida y luminosa, y por el elemento maravilloso y mágico que la atraviesa.

No tienen nada que ver el predicamento y la buena prensa de la que gozan últimamente los grupos catalanes o que cantan en catalán, como Mishima, Els Amics de Les Arts o el caso más sonado de Manel. Es cierto que casi desde la Transición la música catalana popular no había tenido tanta repercusión en los circuitos independientes como ahora, aprovechando el impulso que viene de Barcelona y de las sensacionales ventas de los discos de Manel. Pero los de Antònia Font, al margen de modas o corrientes, llevan desde finales de los noventa forjando un itinerario propio en las islas y en su entorno lingüístico hasta dar el salto a la Península con unas canciones fascinantes y prodigiosas.

Las mismas que casi lograron el lleno en la Joy Eslava esta semana, una gratísima noticia. Mucho público catalanoparlante y fans de toda índole que abarrotaban la pista y pugnaban por estar cerca del escenario. Por si alguien lo dudaba, en Madrid son legión, y Pau Debon, el cantante, se refirió a su anterior visita, el año pasado, en el Teatro Lara: ya tenían ganas de volver a la capital, pero en una sala grande y con la gente de pie.

No defraudaron lo más mínimo, y, con un sonido impecable y cálido, comenzaron con algunos de los mejores pasajes de “Lamparetes”, ‘Clint Eastwood’ y ‘Icebergs i géisers’, combinadas con ‘Dins aquest iglú’ y ‘Alpinistes-Samurais’, las más célebres de “Alegria”, al que luego volverían con la canción que daba nombre al disco, ya con Pau entregado a los asistentes y dejando, visiblemente entusiasmado, que coreasen el estribillo. Todo en Antònia Font es de una perfección abrumadora, su música atildada y elegante, las pausas, las cadencias, hasta el ruido que hacen es armónico. Sus canciones son redondeces pop de una factura insuperable, melodías que conducen al goce y a la admiración.

Además, la banda conecta con su público, muy participativo, gracias al carisma de Pau, un tipo cercano –que fue de menos a más-, y sabe ir alternando cortes más intimistas y épicos de los dos últimos discos con los más joviales de estos y de los anteriores; de esta forma, pasaron de ‘Carreteres que no van enlloc’, ‘Pioners’, ‘Darrera una revista’ o la maravillosa ‘Es canons de Navarone’ a los momentos más jocosos y alegres, con Pau tocando una pequeña flauta en ‘Sospitosos’ y aporreando el xilófono de fondo en ‘Islas Baleares’, ese divertimento de “Lamparetes” con ritmo “seudolatino”. Mención aparte, en este sentido, para dos canciones: ‘Holidays’, con ese toque psicodélico, y la prodigiosa ‘Mecanismes’, con su característico piano, absolutamente bizarro, y ese final delirante en el que Pau se desgañita.

Para concluir, con la Joy rendida, la más animada de “Batiscafo Katiuscas”, aquellos sonidos de videojuego de los ochenta que enmarcan ‘Wa Yeah!, antes de dar paso a un bis que debería quedar registrado como muestra ejemplar: cuatro canciones, entre ellas ‘Coses modernes’, ‘Me sobren paraules’ –pedida con mucha insistencia, a través incluso de un cartelito que Pau colgó en el micrófono-, el rap con los riffs portentosos de ‘Astronauta rimador’ y ‘Calgary 88’, ese himno en cuyo estribillo se menciona el hit de Modern Talking ‘Atlantis is calling (SOS for love)’, que sonó de fondo mientras el grupo se despedía en el escenario.

Una noche mágica, como sus letras, casi onírica, que tardará en repetirse. Lástima un sector mínimo del público: decenas de conciertos en salas como Joy o Galileo y seguiremos sin entender por qué hay gente que va para hablar sin parar en la parte de atrás y en los laterales.

FOTOGRAFÍAS: Tania Bueno.  © 2012 Todos los derechos reservados