Edith Crash & Alex Augé: “Inonde” (Vagueness Records, 2013)


La exuberante creatividad de Edith Crash. Cada vez es más difícil encontrar artistas realmente excepcionales y únicos, capaces de sorprender a la consciencia y estimular a los sentidos. Edith Crash responde a este tipo, de cuyo turbador universo estamos prendidamente enamorados. Entrar en su imaginario es perder de vista el tuyo. Su voz te lleva a lugares familiarmente inciertos, donde una misteriosa tensión atmosfériEdith ca, entre lo tribal y lo espiritual, estremece tu existencia de un modo casi terapéutico. No sólo por ese registro vocal tan admirable (que va del preciosismo angélico al terror lúgubre en segundos), sino por cómo aborda cada palabra desde el lamento, sublimando el silencio, aterciopelando la sonoridad. Escalofríos de honestidad sin artificios ni orquestación.

Inonde” no es exactamente folk y hablar en términos jazzísticos serían palabras mayores. Lo cierto es que las canciones del nuevo trabajo de Edith Crash, bien acompañada por el saxofón de Alex Augé, esconden la esencia de citados estilos, situándose en el mismo terreno indeterminado que pudo caracterizar la intimista obra de Nick Drake, aunque sin la misma fragilidad. Hay ecos de la Polly Jane Harvey del “Rid of Me”, de Chan Marshall y su bipolar “You Are Free”, y también del Jeff Buckley más sosegado, pero todos estos nombres son más derivas que influencias demostrables, las mismas que pueden tener los paisajes contrapuestos de su existencia: Edith nació en la capital del condado del Rosellón al sudeste de Francia aunque lleva bastante tiempo tocando en el área metropolitana de la ciudad condal, un perfecto argumento para ir del lóbrego folk rural al taciturno jazz urbano.

Estamos ante un indudable ejercicio de estilo en la línea de “De L’autre Côté” (2011), aquella espléndida y temeraria maniobra de desnudez, sin ahondar tanto en la austeridad de su enfoque: Edith se aleja del formato enteramente acústico, no por ello del desarraigo en sus composiciones, a través del verso crudo y descarnado, palpable desde su propia portada, obra de la pintora argentina Alicia Marano, con la que emerge toda la grandeza del paisaje desolado, tenso y atormentado encuadrado en el interior de un talento tan gratificante como perturbador.