David Bowie, el músico que no inventó nada

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El día en el que murió David Bowie es un día triste. Hace frío y llueve. Al menos aquí, el lugar desde el que escribo. Imagino que en Londres (donde nació), en Nueva York (donde murió), y en su inspirador Berlín (en el que se rehabilitó de la heroína y volvió a la senda de las grandes gestas musicales) debe ser más o menos lo mismo. En el chino en el que acabo de entrar a comprar calcetines está sonando “Heroes“. La meteorología se ha querido sumar a las cientos de estaciones de radio, a los miles de periodistas y medios de comunicación y a los millones de seres anónimos que hoy son más fans de Bowie. A los que ya lo eran, y a los que lo son por un día, quiero que sepan que Bowie es el mayor farsante de la historia de la música.

Bowie nunca inventó nada. Su primer pequeño gran éxito salió de la imaginación de otras dos mentes, Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke. Bowie, alucinado por la lisérgica experiencia de 2001, convirtió el drama sci-fi de la película en un tema musical igualmente alucinado, pero con unos toques románticos y épicos memorables. Tampoco inventó el folk/rock/pop/psicodélico de sus primeros años, pero dotó a todos esos géneros de una ambición sonora y de una peculiar personalidad que llegó a cimas inigualables en temas absolutamente imprescindibles como “Changes“, “Oh you pretty things“, “The man who sold the world” o la inconmensurable “Life on Mars?

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Bowie no inventó el glam, pero lo llevó a la cima más álgida de su historia en dos discos grandiosos como “Ziggy Stardust and the spiders of Mars” y “Aladdin Sane”, y lo que es más, se convirtió en su icono más universal, reconocido y reconocible, componiendo y produciendo canciones y álbumes para otros artistas más o menos del género como Lou Reed, Iggy Pop y Mott the Hoople.

Bowie no inventó ninguna de sus sucesivas reencarnaciones. Ni el cabaret-pop, ni el soul, ni el free jazz ni el drum and bass fueron creaciones propias. Pero en todos ellos brilló, a veces más y a veces menos, su portentoso talento. Él mismo reconoció en diversas ocasiones que ni era un gran instrumentista ni tampoco un buen cantante (cosa esta última con la que disiento) y que le costaba componer temas propios, para lo cual inventaba camaleónicas personalidades o escribía para otros. Tampoco inventó el dinero, ni la fama, ni la opulencia del star system, ni los vídeos musicales ni las imágenes rompedoras, pero destacó en todo ello. Y desde luego no inventó la vejez, ni las enfermedades, pero fue el perfecto viejecito neoyorkino aquejado de múltiples dolencias (tenía un baypass coronario y murió de cáncer) que paseaba una hora por Manhattan con gorra y gafas en el mayor de los anonimatos.

Bowie es todo eso, pero mucho más. No fue original. Nunca lo pretendió. Pero fue, quizá, posiblemente, el mayor músico del siglo XX, desde mi punto de vista, un punto por encima de otros iconos como Lennon, Mercury o Michael Jackson o de los grandes clásicos como Stravinsky, Shostakovich o John Cage. Porque, entre otras cosas, ayudó a asentar la cultura popular como la gran tendencia musical del presente. Grandioso, espectacular, soberbio, rompedor, épico, romántico, salvaje. Podríamos usar infinitos adjetivos, tantos como canciones hay en sus 28 álbumes de estudio, en los 9 en directo, los 46 recopilatorios o la veintena de películas en las que actuó. Pero, a pesar de todo ello, fue un desconocido. Bowie representó tantos papeles, en la vida real, en las entrevistas, en el escenario y en la gran pantalla, que los que no lo conocimos en persona nunca supimos realmente cómo era. Lo que sí sabemos, o al menos yo sé, es que es un músico increíble que eriza la piel, que hace llorar con sus temas, saltar, gritar y emocionarse. Bowie nunca pasará de moda. Allá donde esté, seguirá siendo el gran Héroe para millones de amantes de la música.

Escucha su último trabajo “Blackstar” en Spotify.

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Ingeniero de formación, comunicador de vocación y profesor, y practicante de Yoga y Ayurveda por necesidad vital. Ha sido director técnico del portal deportivo digital ElDesmarque.com y colaborador en revistas como Yorokobu, Susy Q, Ling o Ahora Yoga. Actualmente es director de marketing y profesor de inglés para niños en Helen Doron English Montequinto, a la vez que colabora en 31Canciones y en la editorial Maclein y Parker. Es también responsable del proyecto YogaMoola.