[Crónica] Millencolin en la Sala Apolo (Barcelona)

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Poco más de veinte años han pasado desde que salió a la luz Life On A Plate, uno de los pilares fundamentales del Punk-Rock (o Skate-Punk, llamadle como queráis) de los 90 y obra magna de Millencolin. En este periodo de tiempo los suecos se han mantenido como grandes referentes del género, gracias a loables discos como Pennybridge Pioneers y a un cancionero que no ha dejado de recibir en buenas dosis esas enérgicas píldoras Punk que ponen patas arriba salas y festivales de todo el globo. El tiempo va pasando pero el cariño que sienten los fans por Millencolin no decae ni un ápice y lo vivido el pasado día veinte en la sala grande del Apolo da fe de ello. Resulta emocionante ver como varias generaciones de amantes del Punk-Rock bailan y corean al unísono temas que forman parte de la banda sonora de sus vidas.

Los encargados de inaugurar la velada y caldear el ambiente fueron los británicos Templeton Pek. El trío bebe de fuentes como Rise Against, Thrice o Ignite para ofrecer una propuesta agradable pero que peca de arriesgar poco o nada. En los casi cuarenta minutos que estuvieron sobre las tablas no lograron conectar demasiado con un público que si estaba ahí era únicamente para presenciar el show de Nikola Sarvecic y los suyos.  Ni siquiera el descenso a la pista de su bajista y vocalista Neil Mitchell, más que nada para realizar posturas true rocker y recibir alabanzas de las féminas –con nula respuesta- consiguió encender la chispa. Enfilaron el camino a sus aposentos con un bagaje de varias canciones resultonas y una actuación que pocos fans de Millencolin recordarán en un futuro cercano.

No cabía un alfiler en las primeras filas cuando la banda arrancó el recital con “Egocentric Man”, tema que abre esa grata  sorpresa publicada el pasado año titulada True Brew. Por norma general los fans old school del Punk-Rock son considerados unos abuelos gruñones y cascarrabias reacios a escuchar cualquier cosa reciente de sus formaciones favoritas, pero es de recibo decir que los temas de su último paso por el estudio, como por ejemplo “True Brew”, “Sense & Sensibility” o “Autopilot Mode”, tuvieron una excelente acogida y que no supusieron ese peligroso Coitus Interruptus capaz de romper la dinámica de la actuación.

Sí, el último disco de esta gente tan simpática y dicharachera está realmente bien, y lo considero recomendable y todo, pero la parroquia barcelonesa pasó por taquilla sobre todo para escuchar esos éxitos atemporales marca de la casa. ¡Y vaya si los hubo! Pocas bandas del género pueden firmar un inicio de bolo con pepinazos de la talla de “Penguins & Polarbears”, “Twenty two”, “Fox”, “Bullion” o “Happiness For Dogs”. Los fans, entregados, agradecieron semejante remesa de hits con todo tipo de bailes alocados y pogos desenfrenados y la banda, feliz y con ganas de cachondeo, disfrutó como nunca interpretando cada tema del setlist. Los paisanos del otrora delantero del Barça Henrik Larsson aprovecharon su paso por la capital catalana para  iniciar un cántico en su honor y reivindicar, con escaso éxito, que no tiene nada que envidiar del actual crack argentino que milita en las filas blaugranas.

Uno de los highlights de la noche fue, sin lugar a dudas, “Mr Clean”, jugosa golosina para los seguidores de sus primeros días en el Punk-Rock que provocó una  tercera guerra mundial en casi la totalidad de la pista. Más de uno rejuveneció diez años en aquella vorágine de patadas, saltos, empujones y puños en alto. El número de moratones y chichones a la mañana siguiente no sería moco de pavo, pero como bien dice el dicho popular, sarna con gusto no pica, ¿no?

Con litros de sudor vertidos y la adrenalina por las nubes arribamos a la recta final de un concierto que todavía aguardaba una última gran batalla. Todo fan de Millencolin sabe que “No Cigar”, más que una canción, es un himno de dimensiones infinitas, y cuando comenzaron a sonar los primeros acordes no hubo más remedio que buscar fuerzas para brincar por última vez. Los suecos siempre están en constante lucha contra esa etiqueta que asegura que su nivel en directo es pobre, pero, de verdad, pocos reproches se le pueden hacer a un grupo que lo da todo y ofrece 70 minutos de grandes temas y pura intensidad. A la salida de la sala un jovenzuelo realizó una curiosa reflexión que refleja de buena manera lo que fue el concierto: “En mi gimnasio deberían programar conciertos de Millencolin todos los miércoles. Ni Gap ni ostias”.

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Redactor especializado en crónicas de conciertos y festivales. Melómano sin tocadiscos. The Beatles, luego existo. Twitter: @HarrietBe