Bilbao BBK Live 2016. Jueves 7 de Julio, Kobetamendi

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Cierra la persiana una nueva edición del Bilbao BBK Live, vuelve la paz y la tranquilidad a Kobetamendi, y ya va siendo hora de hacer un resumen de todo lo acontecido en el festival vizcaíno. Undécima vez que Last Tour International llena de música la emblemática montaña, en un evento totalmente consolidado que sigue dando pasos adelante, sin intención de estancarse. Innovaciones como la zona Basoa (“bosque” en euskera), acierto absoluto, son fiel muestra de tal propósito. A pesar de que los organizadores no han conseguido repetir el sold out de la anterior edición, el festival ha disfrutado de unos 35.000 asistentes por día, sobrepasando los 100.000 en total.

En materia meramente musical, la mayoría de grupos han rayado a un gran nivel y la sensación general ha sido muy satisfactoria. Los cuatro cabezas de cartel han cumplido con nota, y han estado perfectamente secundados por segundos espadas, letra pequeña, oustsiders y bandas estatales y locales de alto nivel. Un servidor ha estado en siete de las once ediciones del Bilbao BBK Live, y no duda en catalogar la de este año como una de las mejores, si no la mejor. La música electrónica sigue tomando fuerza en el festival, y Basoa ha funcionado bien, convirtiéndose en casi un festival paralelo, con sesiones desde las 17:00 hasta el amanecer. La afluencia a dicho espacio ha sido grande, especialmente a altas horas de la mañana, repartiendo al público entre la carpa y Basoa.

El transporte a/desde el festival (uno de los problemas de organizarlo en Kobetamendi) ha vuelto a funcionar correctamente, con escasas colas, ni para el BEC ni para San Mamés, salvo en momentos puntuales e inevitables. Se ha multiplicado la oferta gastronómica, repartiéndola por todo el recinto, con comida para todos los gustos y sabores. El mayor pero de esta edición ha sido la falta de limpieza de los baños y su ubicación. Han desaparecido los del segundo escenario, generando múltiples colas en los que estaban entre las dos principales escenarios. Otro aspecto a mejor han sido los problemas de sonido con Arcade Fire, Grimes y algún otro.

Comenzamos nuestra andadura en el festival con unos problemillas burocráticos que nos llevaron a incidencias y que se demoraron más de lo previsto (un saludo a la buena gente de Eibar y Santurtzi que conocimos), trastocando nuestros planes iniciales. Teníamos muchas ganas de ver por primera vez a Begiz Begi, cuyo disco debut, “Joan Ihes Egin Baino Lehen”, tanto nos maravilló el año pasado. Los labortanos conjugan con finura un post-rock elegante con el folk tradicional. Lamentablemente, no llegamos a tiempo, y tiramos directos al Heineken Stage, donde Gallant estaba finalizando su actuación. Aterrizamos justo cuándo sonaban los primeros acordes de Weight in Gold, su canción más conocida. Nos quedamos con una sensación agridulce, ya que el r&b con toques soul del prometedor cantante tenía una pinta más que interesante. Un solo tema era incapaz de saciar nuestra hambre. Sensación que repetimos con Rural Zombies, quienes fueron los primeros en abarrotar la carpa.

Un rápido paseo por todo el recinto, y nos apostamos a la derecha del escenario principal con la intención de ver a Years & Years. El proyecto liderado por Olly Alexander comenzó arrollando, con Take Shelter y una magnífica Shine que arrancó los primeros bailes de la jornada. Alexander, ataviado con una hortera camiseta rosa, se mostró hiperactivo, con tablas, con una buena voz y con ganas de agradar, interactuando una y otra vez con el público. Bajó al foso para “abrazar a la gente”, y recibió amor, regalos… y pantallas de smartphone-s que apuntaban hacia su persona. Y es que algo funciona mal cuando tu ídolo está a escasos metros de ti, te está ofreciendo un abrazo, rechazas la invitación y sigues grabando un vídeo; ¡ni siquiera un selfie con él! La energía inicial decayó hacia la mitad del concierto, influenciado, seguramente, por el corto recorrido discográfico de los británicos; insuficiente, aún, para sostenerse al mismo nivel durante una hora. Remontaron en la recta final, con Real, Desire y Kings para plantar una discoteca en el escenario principal. El público, mayormente joven, disfruto de lo lindo.

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De la luminosidad pop de Years & Years a los contrastes de Chvrches. Dos teclados, sintetizadores, un bajo esporádico y la voz de Lauren Mayberry fue suficiente para convencer al público. Los escoceses empezaron con un sonido mediocre, que causó factura en los primeros temas (Never Ending Circles, We Sink, Keep You on My Side), y que se sostuvieron gracias al carisma de Mayberry. El sonido mejoró enseguida, y la gente que se congregó en el segundo escenario disfrutó de las dos vertientes de Chvrches, la más cercana al post-punk, que más tarde iba a tener protagonismo en el mismo escenario, y la que genera terremotos en las pistas de baile. Mayberry se alternó en las voces con Martin Doherty, y también se animó con los sintetizadores, como viene siendo habitual. Como no, salió el tema de moda, el Brexit, por el que pidió perdón, mientras un aficionado ondeaba la bandera de la Unión Europea en el público. El magnetismo de la vocalista tuvo el colofón perfecto con el triunvirato final: Leave a Trace, Clearest Blue y The Mother We Share. Y es que cuándo eres capaz de pasar de la potencia a la delicadeza de la postrera, es difícil no contentar al respetable.

Finalizada la labor de la banda escocesa a eso de las 21:20, tocaba elegir entre M83 (supuestamente 21:30) y Hinds (21:45), esa banda que tiene más detractores que seguidores. Nos acercamos a ver las españolas, no sin suspicacias, cuando aún estaban ultimando los detalles, pero no terminamos de autoconvencernos, y aprovechamos el momento para cenar tranquilamente, antes aún de escuchar sus primeros acordes. Entre los stands de varias marcas que tenían el volumen a todo trapo, ni nos enteramos de que Anthony Gonzalez y los suyos empezaron con un retraso de 20 minutos. Para cuando nos acercamos ya había empezado el concierto, y el público parecía haberles perdonado la impuntualidad. Apoyados por unos juegos de luces en el que predominaban los colores fríos (sobretodo el azul), ofrecieron un concierto más que interesante. Alternaron momentos instrumentales más progresivos con otros mucho más accesibles.

El juego de luces fue variando, el rojo, un color cálido, empezó a cobrar protagonismo, la experimentación fue sustituida por la épica, y todo aquello entró en erupción con el volcán sonoro que es la archiconocida Midnight City. Mención especial al saxofón que ruge en la parte final de la canción, rasgando la humedad del ambiente. Gonzalez podría haber tirado a lo fácil, y terminar el concierto ahí (con el beneplácito de ese gran porcentaje que estaba ahí solamente para escuchar Midnight City o para coger sitio para Arcade Fire), pero no, siguieron con dos temas más mientras muchos corrían al escenario dos.

Y es que era el turno de New Order, los cabezas de cartel en la sombra. Se sospechaba que el segundo escenario pudiera quedarles pequeño, y, pese a que es cierto que la afluencia era grande, no hubo demasiados problemas para acercarse adelante por los laterales del escenario. Influencia para la mayoría de grupos que habían tocado antes (Bernard Sumner y compañía ya usaban los sintetizadores y la épica antes de que algún compañero de escenario nacieran), iconos del post-punk y el synthpop, había muchas ganas de verlos. Más después del excelso álbum, “Music Complete”, que presentaron el año pasado.

Empezaron sobrios pero contundentes, sin demasiados artificios. Singularity, Ceremony y Academic sonaron compactas, sin fisuras. El grupo se apoyaba en unas proyecciones muy logradas y variadas que maridaban a la perfección con la música. El primer cambio de registro llegó con Tutti Frutti, esa horterada (en el buen sentido) sonora que llenó de luz (y de una macedonia de colores) el escenario. Sumner se desabrochó la americana negra, enseñando la cruz de su camiseta. No fueron los más habladores ni los mejores comunicadores; Gillian Gilbert en especial, quien no se movió ni dos pasos ni cambio de cara. Pero, ¿qué más dará una sonrisa cuándo lo que está sonando Bizarre Love Triangle? Si me permiten el símil futbolístico, lo de New Order fue como ver a Xabi Alonso y Pirlo sentar cátedra desde el medio campo. La elegancia de la sobriedad, esa que solo la veteranía puede conseguir. Los de Manchester se movieron por todas las capas del post-punk, desde sus vertientes más bailables a las más oscuras, llegando a coquetear con el krautrock de Kraftwerk (¿La proyección de la autopista fue un guiño a los alemanes?), manteniendo siempre su sonido característico.

Los festivales tienen sus lados buenos y sus lados malos. Y uno de los peores es esa gente que está para una sola canción. Si en M83 era Midnight City, en New Order el tesoro de los cazahits era Blue Monday; esa obra maestra con ese arranque clásico. Una vez finalizado el tema hubo un primer conato de desbandada, frenado por Tempation. A la segunda va la vencida, y la desbandada fue general cuando los de Manchester tomaron un respiro. “¡Corre, que hay que coger buen sitio para el cabeza de cartel!” gritaban. La venganza fue dulce, ya que Sumner y los suyos tenían una última muesca en su revolver. Volvieron al escenario para uno de los momentos más especiales de esta edición. Tocaron Love will Tear us Apart, el himno por antonomasia del post-punk; aquella canción que marcó a una generación y que terminó abruptamente cuando Ian Curtis se quitó la vida. Revivió por unos momentos, cuando apareció su foto en las pantallas, erizando el vello de los asistentes. Como bien pusieron en la pantalla: Forever Joy Division. Un momento mágico.

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Nota: la siguiente crónica está totalmente condicionada por los problemas de sonido que sufrimos la gran mayoría de asistentes en el concierto de Arcade Fire; algo que marcó el devenir del espectáculo. Había ganas de ver a los quebequenses, más después de leer las crónicas de su paso por Razzmatazz, pero el show quedó totalmente deslucido por decisión del técnico de sonido. Arcade Fire solo dará dos conciertos en Europa este verano, y para paliar la falta de ritmo, decidieron tocar en Razzmatazz, en lo que fue un entrenamiento con público. Visto lo visto en Kobetamendi, el que necesitaba entrenamiento era el técnico de sonido que lleva la banda.

Estábamos en el lateral derecho del escenario, bastante adelante, un poco nerviosos, puesto que era la primera vez que veríamos a los canadienses en directo. No habíamos oído más que maravillas de ellos, y por ello nos quedamos perplejos cuando empezaron con Ready to Start. ¿En serio habían comenzado o era una especie de broma unplugged? Costaba horrores escuchar la voz de Win Butler, y que decir de los teclados. Sabíamos que los estaban tocando por las imagenes de la pantalla, nada más. De hecho, más que la crónica del concierto, lo de a continuación es una crónica de lo que se intuía. El fantasma de The Black Keys sobrevolaba el ambiente, y la impaciencia del público era cada vez mayor. ¿Es que ningún responsable se daba cuenta de que no se oía nada? “Subid el volumen” empezó a ser un grito concurrido. Sonaron (por decir algo) The Suburbs y Sprawl II (Mountains Beyond Mountains) y seguíamos escuchando más la respiración del de al lado que la música. Mejoró en Reflektor pero fue un mero espejismo. Como siempre, los componentes del grupo hicieron alarde de su adaptabilidad alternándose con cada instrumento.

Todo lo que rodeaba a la música tenía buena pinta: los cristales reflectores, la actitud de Butler, los bailes y movimientos de Régine Chassagne, el medido descontrol de William Butler… pero no pudimos evitar irnos saliendo del concierto. La falta de decibelios pasó factura, y poco a poco prestábamos menos atención. En My Body is a Cage llegamos al límite y decidimos irnos en busca de un trago a una de las barras que hay al fondo. Para nuestra sorpresa, cuánto más nos alejábamos, mejor escuchábamos. Compramos la bebida, y decidimos quedarnos ahí, para intentar volver a meternos en el concierto. No Cars Go fue un buen acicate, pero no conseguimos remontar. Disfrutamos de los siguientes temas, sobre todo de Here Comes the Night, donde uno de los hermanos Butler terminó por romper el timbal, y Wake Up, en la que salieron los ya clásicos cabezudos, pero con el regusto amargo del principio. Una lástima. Unos amigos que vieron el concierto apostados en las primeras filas disfrutaron como hacía tiempo no lo hacían. Otra vez será.

Terminado el plato fuerte de la primera jornada había varias opciones: Hot Chip, French Films, Blood Red Shoes o Basoa. Optamos por la más comedida; abandonar el recinto e ir a descansar. Nos esperaban otras dos jornadas trepidantes, y además había que cumplir con las obligaciones laborales.

FOTOGRAFÍAS: Tom Hagen © 2016 Todos los derechos reservados
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