Bilbao BBK Live 2016. Viernes 8 de Julio, Kobetamendi

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Después de una primera jornada del Bilbao BBK Live en la que destacaron los problemas de sonido de Arcade Fire y el gran concierto de New Order, nos disponíamos a disfrutar de una segunda entrega en la que sobresalían Pixies, en su primera visita a tierras vascas después de 24 años. Había ganas de ver en que forma estaban Black Francis y los suyos, y se notó en la afluencia de público. Subió la media de edad, como viene siendo habitual cuando el cabeza de cartel es un grupo con un largo bagaje a sus espaldas. Las camisetas de los americanos se mezclaban entre cintas hechas de flores, pintura corporal, algún que otro disfraz e incluso gafas hechas con macarrones. La banda de Boston no defraudó, como tampoco lo hicieron el puñado de bandas locales e internacionales que los secundaron en los demás escenarios. Una jornada entre lo global y lo local, que demostró que la cantera vasca tiene poco que envidiar y mucho de lo que enorgullecerse.

Entramos al recinto del festival poco después de que C. Tangana empezase su concierto, y observamos que para la hora que era se arremolinaba bastante gente alrededor del Pepsi Stage. Nosotros seguimos adelante, ya que hacía un rato que había empezado John Berkhout en el escenario Heineken. Los gipuzkoanos han sido etiquetados en más de un sitio como los Tame Impala vascos, y no es de extrañar, puesto que el quinteto nos ofreció un sugerente pop psicodélico ayudado por sintetizadores, un estilo en auge gracias a los aussies que encabezaban el sábado. Poco queda del delicado folk de su disco debut. Congregaron a un centenar de seguidores, la inmensa mayoría locales, entre los que reconocimos varios miembros de otras bandas y caras habituales de la escena local. Canciones como Colours on Fire sonaron frescas y nos dejaron con ganas de más. Se les vio disfrutar de la oportunidad, y la neblina le dio un aire bucólico al momento. Habrá que seguir de cerca su evolución.

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Posteriormente vino uno de los momentos más íntimos de esta edición. El hispano-sueco José González demostró que no es necesario actuar en un escenario pequeño para conectar con el público, y que incluso el escenario principal de un festival puede ser el momento y el lugar si se sabe cómo. El ex Junip se mostró cercano, sereno y con una sonrisa perenne. Rebosante de paz. Entró solo al escenario, con su guitarra, para comenzar con Crosses, pero enseguida se ayudó de la banda en la que destacaban los tres coristas. Ni el sirimiri ni la verborrea incesante de un gran número de gente deslució la actuación. Un concierto la mar de agradable. La celebrada Heartbeats fue el cierre perfecto.

No podemos decir lo mismo de Ocean Colour Scene. Venían para tocar temas de su segundo álbum, “Moseley Shoals”, que ha cumplido 20 años, pero no terminaron de engancharnos. Se les vio con ganas, y el público, que abarrotó el escenario dos, parecía pasarlo bien. A nosotros, sin embargo, nos parecieron sosos y faltos de energía. Aguantamos hasta la mitad del concierto, momento en el que decidimos irnos hacia el Pepsi Stage, que a priori se antojaba demasiado pequeño para ver a Belako.

Así fue. Ver a Belako nos obligaba a perdernos a Love of Lesbian (o nos libraba de verlos, como escuchamos a alguno que otro), pero los de Mungia son una apuesta segura. Nos queda la duda de qué hizo el público extranjero, puesto que tanto los vizcaínos como los catalanes eran las dos únicas opciones de la tarde-noche. Belako salió a lo suyo, sin concesiones, con un sonido muy duro y sucio; el huracán que son a sus veintipocos años. Si la memoria no me falla abrieron con Crime, y continuaron con temas de su último trabajo, Hamen, entre las que destacó Mum con ese teclado tan pegadizo. El público, joven y entregado, no paraba de brincar, corear y sonreír. Una inoportuna visita al baño nos hizo ver el gentío que había, y creednos, fue harto complicado volver.

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Sinnerman, la espídica versión del temazo que Nina Simone hizo famoso funcionó como puente, ya que a medida de que el concierto avanzaba, los temas de Eurie tomaron protagonismo: Zaldi Baltza, Haunted House, Sea of Confusion, Southern Sea (Beautiful World)… No en ese orden, pero bueno. El cuarteto gozaba encima del escenario, y lo más importante, hacía gozar. La gente estaba entregada, sudando satisfacción. Cerraron con Aaren Bez, un akelarre teclístico digno de Basoa, con el que es imposible no dejarse llevar. Que levanten la mano los que no saltaron o bailaron con esta última canción. ¿Nadie? Belako lo dieron todo y se llevaron el reconocimiento del público. Hace tiempo que dejaron de ser futuro, ya son presente, y, señoras y señores, han venido para quedarse. Como una única pega, y por no soltar solamente alabanzas, si la veintena de televisores retros que colocaron tuvieran más altura, pasarían menos desapercibidas.

Después del buen sabor de boca del último concierto, la gran duda, ¿WAS o Grimes? ¿Grimes o WAS? Fue tan difícil la elección, que separamos caminos, y un servidor terminó en el escenario dos para ver a la canadiense. Decisión acertada, aunque optar por los vascos tampoco hubiese sido una equivocación. Grimes apareció en escena con tres bailarinas (una de ellas apoyándola en las voces) y una escenografía muy cuidada. Sonó la introducción de Laughing and not being normal, y REALiTi comenzó con una fuerza que sorprendió a los más despistados. Flesh without Blood fue acogida con entusiasmo. Gimnasia rítmica, contoneos, energía, había de todo. Tanto en el escenario como entre el público. Boucher se mostraba muy agresiva en las voces, en contraste con la timidez que mostró cada vez que se dirigió al público. A los más profanos en el mundo de sintetizadores y electrónica de Grimes, nos cuesta a veces entender todo lo que está sucediendo encima del escenario. Pero aquello funcionaba, e iba camino de ser uno de los conciertos del festival… hasta que se fundieron los plomos en Go; un coitus interruptus que se prolongó por 18 interminables minutos.

Por un momento temimos por la continuidad del concierto, pero Grimes volvió a escena, pidió disculpas con timidez, probó que todos los sintetizadores funcionaran adecuadamente, y atacó a la yugular con Be a Body y Genesis, ataviada con la bandera arco iris. Todos los engranajes volvían a su sitio, y se nos pasó el susto. Entre todos los artificios del directo, hay que destacar la gran voz de Boucher, que tan pronto te grita o te susurra. Y es que solo alguien con tanta personalidad es capaz de traer el Ave María de Franz Schubert a Kobetamendi. ¡Vaya momento! La locura llegó con Kill v. Maim, con la que estuvimos cerca de perder el control. Como curiosidad, lanzaron flores al público. Resumiendo: segundo conciertazo seguido.

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Y como no hay dos sin tres, Pixies arrolló en el concierto principal de la noche. Black Francis se montó en la locomotora y no paró hasta tener Kobetamendi a sus pies. ¡Sonaron 32 temas en una hora y media! Hubo sitio para “Indie Cindy” y alguna otra nueva composición; pero el mayor peso lo llevaron los clásicos, sobretodo los de “Doolitle” (7 en total). Comenzaron con Bone Machine y se encendieron las primeras alarmas; volvía a sonar bajo, no tanto como en Arcade Fire, pero parecido. Un par de problemas en las próximas canciones nos hicieron temer lo peor. Afortunadamente, el técnico de sonido subsanó el problema, y pudimos gozar sin problemas de los siguientes temas, y para Velouria y Monkey Gone to Heaven nos olvidamos de todo. La maquinaria estaba engrasada y ya no iban a parar.

Los más puristas dirán que no hay Pixies sin Kim Deal, pero Paz Lenchantin se movió con soltura, se la vio muy cómoda, y participó activamente en los coros. El protagonismo de Francis era indiscutible, hasta que a Joey Santiago le dio por hacer el cabra, en un peculiar show en el que fue capaz de crear música tanto con la lengua como con la calva. Bordeando la delgada linea entre el asombro y el bochorno. El rock alternativo de Pixies gustó a los presentes, gracias a unas canciones que fueron himnos en su día y que han envejecido con gran dignidad. Por supuesto, el punto estelar vino con Francis cantando “Oh, stop. With your feet on the air and your head on the ground, try this trick and spin it, yeah…”; y, claro, si después de Where is My Mind viene la juguetona Here Comes Your Man, aquello roza la perfección. Es, desde ya, uno de los momentos históricos de las once ediciones del Bilbao BBK Live. Pero aún había tiempo para más. La gran sorpresa fue Velvety, que llevaban sin tocarla desde 1992, según remarcaron los entendidos. Debaser iba a dar fin a una actuación sobresaliente, pero la insistencia del público logró que los cuatro volviesen a coger los instrumentos para un tema más: Planet of Sound.

Con la cabeza en una nube tocaba elegir entre la electrónica de Underworld o el punk de Slaves. Optamos por ir a la carpa a ver al dúo punkie. ¿Quién decía que el BBK es un festival para modernos y posturear? Slaves demostró que en Kobetamendi puede haber pogos y empujones, sudor y hermandad, como en cualquier garito de mala fama. Lo de los británicos fue una demostración de actitud y energía. Los dos de pie, uno a la batería y a las voces y el otro a la guitarra y los coros, nos golpearon con unas canciones tan sencillas como efectivas. Cheer up London y Rich Man, I’m not your bitch pusieron patas arriba la carpa, y la integridad de más de uno estuvo en peligro. Tal fue el descontrol, que llegaron carteras y zapatillas hasta el escenario.

Satisfechos, nos quedamos en la carpa para disfrutar con la sesión de Daniless DJ. Cuando la noche se acerca a su momento más peligroso el DJ tiene el poder de mandarte derecho a casa o mantenerte hasta el amanecer. Temazo tras temazo, Daniless hizo que la carpa volase por los aires. Nos pasamos cerca de media hora diciendo “el próximo tema y para casa”.

FOTOGRAFÍAS: Oscar L. Tejada y Javier Rosa © 2016 Todos los derechos reservados
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